Cada día empieza una página en blanco de mi propia historia, de mi propio libro.
Comienzo con mis mejores intenciones sobre algo que nunca sé cómo acabará. Para mi suerte o mi desgracia he aprendido que no sé dónde estaré mañana al despertar, así que cada página que escribo lo hago viviendo como si fuera el último día en la tierra.
No soy rencorosa. Si hago algo mal sé pedir perdón y creo que aprendo de mis errores. Tengo un poder especial para borrar de mi mente las cosas que han podido hacerme daño. Saco conclusiones y es con lo que me quedo.
Antes de tomar decisiones quemo todos los cartuchos, intentar arreglar lo dañado y salvar situaciones perdidas. Intento (no siempre lo consigo) no echar de menos a las personas que han decidido no estar conmigo. No las olvido, las tengo en mente como recuerdo de lo que directa o indirectamente me enseñaron.
Paso el tiempo con la gente que, ahora, cuando más los necesito, están en mi vida, dándome su mano para no caer. No lloro por los que no están, sino que me río y dedico mi tiempo a los que sacan su tiempo para mí.
Hace tiempo que me arranqué el corazón y me puse otro que funciona mejor, al menos eso creo. Pero pocas veces me hace caso... No por ello me considero una persona fría. Quizás si duermes conmigo te darás cuenta de que a veces mi temperatura corporal es más baja de lo habitual y por eso me juntaré a ti buscando tu calor.
En mi corazón viven muchas personas, y si consigues un sitio en él, puedes estar seguro de que tendrás una amiga, de las que lloran si tú sufres y buscan tu bienestar por encima del tuyo propio. De las que saben dar consejos pero que para ella casi nunca tiene...
Antes pensaba que compartir mis problemas era signo de debilidad, que no debía hacer pasar a los demás por lo que yo pasaba, que los problemas son míos y que yo sola debía solucionarlos. Pero estaba equivocada en todo. Compartir lo que me preocupa con los que me quieren es hacerles partícipes de tu vida, de esa que quieres compartir con ellos. No quiero levantar muros que me alejen. Ahora derribo paredes a mi alrededor y abro la puerta a todos los que quieran entrar.
Alguien me preguntó una vez, "¿cuántos años has sido tú feliz?". Y le dije que muchos, pero sé que me estaba mientiendo a mí misma. Y esa persona tenía razón, sólo sumaría dos o tres años completos. Y decidí que no podía ser así, que los minutos que no fuera feliz sería tiempo perdido y que no prodría recuperarlos nunca.
Tal vez por eso, me he propuesto no llorar por quien sé que por mí no lo hará. Aunque me encanta que mis lágrimas caigan cuando consiguen emocionarme, cuando se acuerdan de mí o cuando dicen cosas tan bonitas que a veces dudo que sea yo la protagonista. Pero esas lágrimas no cuentan, son dulces y van al corazón.
Escribo mi libro, que lleva escritos los 23 capítulos de mi vida. En el que me reinvento a diario y decido ser quien yo quiero ser.