Rectifico. La receta de ayer no me sirve.
No sé si fue porque se me olvidó la posología o la dosis, pero no sirve. Quizás sea porque el efecto tranquilizador de las flores se pierde a medida que pasa el tiempo. Y las mías llevan ya casi cuatro semanas dentro de una botella, intentando sobrevivir a base de agua.
Puede que sea eso lo que me pase. Yo no llevo cuatro semanas ahogada en una botella llena hasta la mitad de simple agua del grifo, pero sí una. Y no me ahogo porque tenga el agua al cuello, sino porque me cuesta respirar dentro de esa botella. Me cuesta coger el aire que necesito; una semana respirando el mismo aire viciado y rancio del debo frente al quiero me ha hecho caer en un error que no creí volver a cometer.
Alguien me dijo una vez que el hombre es el único animal que tropieza tres veces con la misma piedra, pero que la mujer lo hace cuatro. No me consuela pensar que aún me quedan piedras en las que tropezarme. Me enfada, me da rabia. Porque si he sido capaz de hacerlo mal tres veces, seguramente podré volver a hacerlo una cuarta. ¡Qué consuelo!
Ayer las flores alegraban mi lunes, hoy las veo más mustias, más descoloridas y más marchitas. Y me pregunto si será verdad que hay que hablar a las plantas, tratarlas con cariño, ponerles música, o si ellas reflejan el estado de ánimo de la persona que las recibe.
Hoy estoy marchita y descolorida, como mis flores.

Pues habrá que darte cariño... Mil besos!!
Cariño y más flores!!!
Fuerza y amooooooooooooooooooor.