Hay cosas que por simples, tienen algo que las hace especiales. Deambulando hace poco por uno de esos barrios con encanto de calles estrechas y pequeñas a la hora de comer, dí con un rincón que por simple, es especial.
Un escaparate pequeño que hace esquina. Una puerta de esas con campanita que suena cuando las abres. Un mostrador lleno de pequeñas cajas de madera. Y detrás del mostrador, un hombre menudo con un delantal oscuro y raído. Y el olor. Una mezcla de almizcle y madera, de viejo y nuevo, de ambientador de pino y frio de la calle. Dicen que el olfato es de los primeros sentidos en adaptarse, pero allí dentro con cada respiración el aire huele a algo diferente.
Tardé un rato en saber que vendía. Tenía estanterías por todas las paredes, desde el suelo hasta el techo. De madera oscura, que hacían la tienda todavía más pequeña. Giré sobre mi misma para cerciorarme que no estaba en la tienda de varitas de Harry Potter. Allí vendían juguetes.
Las baldas estaban llenas de jugeuetes de madera. Caballos. Rompecabezas. Casas de muñecas. Soldaditos. Marcos de fotos. Trenes. Toda clase de animales. Puzzles. Pajaritas de papel. Coches. Aviones. Calendarios. Muñecas. Cajas. Figuras imposibles. Todas ordenadas.
Creo que si me hubiera visto me hubiera reido de mi cara de boba. Por un instante volví a ser niña, deseando tocarlo todo y probarlo todo. Me sentía pequeña en edad y en tamaño. La voz del hombre detrás del mostrdor me sacó de mi ensimismamiento. Por su mirada inquisitiva deduje que me preguntaba si quería algo. ¿Todo? No. Recordé instintivamente que yo no soy compradora compulsiva.
Tengo que reconocer que sólo compré un bola de madera, pero no porque no quisiera nada más, sino porque tenía un sólo billete en la cartera. Un billete, qué simple el papel moneda. Una bola, una simple bola de madera. Una tienda, una simple tienda con campanilla en la puerta.
Y yo, qué simple yo escribiendo este simple post sobre la simplicidad de entrar en una simple tienda a comprar una simple bola de madera con un simple billete.
Pero será que me gusta lo simple...

A veces lo simple es lo más hermoso. Yo soy más de figuras de cristal, brillantes, hermosas...
Un beso, guapa!!
Siempre nos ha fascinado lo simple, porque el mero hecho de ser simple implica un placer absoluto en su disfrute. Un placer simple. Una persona simple...
Quién quiere ser complicado?
Fuerza y honor.