Cuando menos te lo esperas, pasa. Sí. No se prevee, no se anuncia, no se predice. Ocurre. Y siempre te pilla de improviso.

Pero en eso consiste lo bueno, en eso consiste el disfrutar de lo bueno. Una de las enseñanzas más productivas que pude sacar del Tao es precisamente esa. No esperes, no anheles, no estés buscando siempre. Porque en esa búsqueda perderás el tiempo, pues todo está pensado para ti, y porque, por mucho que busques, no vas a encontrar.

He aprendido que tengo que enfrentarme a la vida con la mente en blanco, no negando todo pensamiento o racionalidad, sino negando esperanzas. Plantarme ante las nuevas situaciones con una hoja en blanco y lista para escribir. En forma, para pasarme escribiendo todo lo que me pase. Pero limpia desde el principio, sin prejuicios ni opiniones.

No se puede tratar de comprender para actuar después, el Tao dice que actuemos para intentar comprender lo que hacemos. Así me encuentro yo hoy, actuando, pensando e intentando sacar conclusiones de lo que me pasa.

Pero hay algo que sí sé de antemano. Y es que pase lo pase, haga lo que haga, y escriba, prejuzgue, opine, anuncie, espere, anhele, pida o crea. La página que escriba hoy, la llenaré de mi vida. Hoy es el primer día de algo importante. Me lo ha enseñado el Tao. Y eso es lo que quiero guardar.