Me subo en el tren todas la mañanas. Escucho el pitido de las puertas al cerrarse. Las mismas caras en los mismos asientos. Y la mía mirando por la ventana (siempre intento buscar una en la que pueda ver el paisaje mientras el tren se mueve).
Me gusta viajar en el tren. Me produce esa especie de tranquilidad y seguridad que no tienen el metro o el autobús. Me siento y me relajo. Miro por la ventana. Leo. Pienso. No tengo que preocuparme de pulsar el botón de parada, ni pensar en si debo hacer trasbordo. Me gusta el tren. Su movimiento, el traquetreo. Ver pasar rápido el paisaje. La frenada que me hace moverme ligeramente en el asiento. Me gusta porque se me pasa rápido el tiempo.
A veces dos trenes se cruzan. Y los viajeros nos miramos, vemos pasar caras a toda velocidad. Veo gente dormida, gente que lee, que escuche música, que conversa, que espía descaradamente el periódico de su vecino, o simplemente gente que piensa, que deja vagar su mirada hacia el fondo del vagón. Y si los trenes se cruzan en marcha, siempre dudo de si me muevo yo o se mueven ellos...
Muchas veces, entre estación y estación, saco la cámara y la dejo mirar a ella también por la ventana. Abre y cierra los ojos. Capta fragmentos de tiempo que luego me recuerdan a momentos y lugares.
Me gusta el tren por la noche, cuando es un pequeño gusano de luz en la oscuridad. Y los cristales son espejos. Pero en las estaciones, la luz está fuera y mi cámara y yo vemos paradas, luces, estaciones y recorridos. Y es entonces cuando más vaquera me siento, porque por las noches las estaciones son como pequeños pueblos fantasma que se ven a lo lejos, pueblos de corrientes de aire y de extraños personajes, luces que se van haciendo más grandes mientras cabalgo hacia ellas,...
Pero sé que esas luces marcan mi recorrido, tengo un destino. Y me abandono a lomos de mi caballo. Él conoce el camino.

Algo cotidiano descrito con placer. Te devuelvo los besitos de colorines, los que tu le pones a ese tren.
Me gusta escribir sobre lo cotidiano, porque todo lo que vemos todos los días tiene ese aire mágico que merece la pena resaltar. Y eso sí que nunca se gasta.
Reitero: besos de colores
Yo no suelo coger el tren, pero nunca me siento extraño cuando lo hago; tiene un algo romántico y acogedor que no tiene ningún otro medio de transporte, (quizá la góndola, si viviera en Venecia,jeje..).
Besitos también para tí.
Alberto
Te montas en eun tren, viajas en un tren, y creces en un tren. Las estacione pasan, los años con ellas, miras por la ventana y te ves a ti mismo desde fuera, eso es para mí un http://www.youtube.com/watch?v=5bOJE_F9yL0" id="link_0">viaje en tren.
Ah, y fuerza y honor.
Bueno... yo no he viajado mucho en tren... una vez en el trayecto malaga-madrid y viceversa y algunas veces en el de cercanía... pero tal y como lo describes casi que me han entrao ganas jajaja
en cuanto a lo del tao... buena enseñanza.... tomaré nota...
Besos flamenkos niña
Alberto, no sé que tiene el tren, pero sí, tiene algo romántico y acogedor, aunque sea un simple cercanías y no el Orient Express.
Nick, idílico el viaje en tren sobre el agua. Parece un cuadro, lleno de metáforas... ¿No puedo ser Chihiro por un ratito?
Flamenkita, prueba a entrar en el tren con una página en blanco para escribir y anotar tus sensaciones. Así matas dos pájaros de un tiro.