Tras el derrumbe de mi castillo, me encuentro hoy con el vestido raído, llena de polvo y sin corona. No soy princesa, pero tampoco quiero. Los demás se empeñan en hacerme creer que lo soy, pero no. Y ahora lo sé, no lo soy.

No me duele reconocerlo. Me escuece más haberlo creído. Haber pensado, por un instante, que lo era. O que, al menos, podía llegar a serlo. Porque caído en un cepo que me he puesto a mi misma, en una trampa que siempre he creido que lograría evitar. El orgullo es un mal consejero. ¿He sido orgullosa? He pensado que podría hacer algo que luego me quedaba demasiado grande. Si eso es ser orgullosa, lo he sido.