Leo. Leo. Leo. Leo. Y veo lo felices que están todos por ahí. Lo bonita que parece su vida. Y leo más y más. Y me doy cuenta de que quiero serlo yo también.

Quiero que me quieran y me mimen. Tener amigos a los que llamar sin que te decepcionen. Pasar buenos momentos de risas. Enfadarme por chorradas que luego se recuerdan y dan risa. Hacer fotos. Mirar puestas de sol en la playa como hacía antes. Tirarme horas y horas hablando de todo y nada. No preocuparme por nada porque los que tengo a mi alrededor me cuidan. Saber que si lloro nadie me reporchará nada. No tener que ponerme caretas ni máscaras. Poder ser siempre yo, sin reservas. Levantarme tarde los domingos y montar un plan para esa misma tarde. Invitarlos a todos a mi casa y que estemos muy juntos y apretaditos. Quiero estar horas de sobremesa y no echar nada de menos. Viajar y disfrutar de otros sitios. Decir las cosas sin hablar porque no hace falta. No temer decepcionar. Reirme con ganas. Poder regalar sin motivo. Dar y recibir sin esperar nada a cambio. Saber que puedo abrazar si me apetece. Escuchar y compartir música. Contarnos secretos. Compartir experiencias y llorar juntos. Saber que no importará que llame de madrugada si tengo un problema. Hablar y escuchar siempre...

Leo y me gusta lo que leo. Porque veo que la gente es feliz con lo que tiene. Pero asoma entonces mi punto de amargura, aflora mi yo melancólico. No sé si es demasiado lo que pido, no quiero ser avariciosa ni inconformista. Y pienso que, el aceptarlo, quizás sea simplemente una cuestión de tiempo.