De un tiempo a esta parte me he dado cuenta de que cuento demasiadas cosas. No creo que sea algo (excesivamente) malo. Lo único que me preocupa es que dé la información equivocada a la gente equivocada. Como en esa película, Memento, en la que el personaje se pone a hablar por teléfono y cuenta toda su historia al desconocido del otro lado de la línea. A mí me pasa algo parecido, sólo que no por teléfono y no siempre a desconocidos. Parecido, sí...

Lo bueno o lo malo, no sé, es que no me doy cuenta cuando lo hago. Me sale. Empiezo a hablar con alguien, cojo confianza y me pongo a hablar y a hablar. Y cuento de todo. Cuento incluso cosas que no querría contar, aunque eso me doy cuenta después. Y si mi interlocutor es de esos que recuerdan todo, me doy cuenta de que he hablado demasiado. Porque luego, para acabar bien la historia, yo me olvido de todo lo que he dicho, de todo lo que he contado y de todo lo que la otra persona sabe de mí.

Me gusta contar las cosas, mis cosas. A gente que me importa, que creo que le importa. Y me arrepiento siempre con la boca pequeña, no acabo de sentirlo del todo. A pesar que siempre he dicho que contar cosas importantes me hece sentir vulnerable, hay veces que pesan demasiado dentro.

He hablado mucho este fin de semana. Me he descubierto ante gente con cosas que creí que nunca contaría. He abierto partes de mí que tenía guardadas y que, sin saberlo, me dolían. Lo he hecho y me siento algo vacía, pero también más relajada. Me ha dejado al descubierto, pero he hecho que tenga que afrontar lo que hice.

Tengo cosas que arreglar, pero creo que, al menos, es un buen comienzo.