Noches de perdición (... ¿quién me ha visto?)
He sucumbido a las costumbre de la noche madrileña. Lo reconozco. Y digo que lo reconozco porque no son las más saludables, salubles e higiénicas. Hasta ahora había estado intentado resistirme, aunque tampoco con mucho empeño, pero este fin de semana ha sido la constatación en firme de que, por mucho que trate de decir que no, era algo invitable.
Viernes. Salgo de mi casa con la música puesta. Aprieto el paso por que se acerca la hora y los autobuses por la noche sabes que pasan, pero no cuándo pasan. Lo mismo puedes estar esperando cinco minutos que media hora. Una de las cosas que es imprescindible aprender si no quieres empezar la noche enfadado. Veo el 231 en el semáforo y corro. Llego justo cuando la última persona de la fila pasa su abono. Mi amigo ya está dentro. Hablamos hasta nuestra parada.
Tomamos la primera donde siempre, esperando al resto. Acaban apareciendo, llegan poco a poco. No es impuntualidad, es un concepto diferente; 'Nos vemos a las 11' no hay que entenderlo como una obligación de estar a esa hora, sino como algo más relajado, como un 'a partir de'. Ser impuntual es una virtud, tienes que esperar menos al resto.
No se puede salir de casa sin cenar. Y de camino cae un sandwich compartido caminando por la calle. Aprender a no mirar los ingredientes, que no me importe no saber lo que me voy a comer,... Una de las poco sanas costumbres que se interiorizan quieras o no. ¡Qué remedio!
Después de un periplo nocturno por las calles, llegamos. Esquivando obras, parando taxis, cruzándonos con gente, y mi amigo explicándome dónde estábamos y el nombre de todas las calles. El local está bien, pero, otra de las cosas que he apredido es que no hay que fiarse de la primera impresión en cuestión de locales. Una alfombra roja, dos porteros musculados y una guapa azafata repartiendo flyers del licor de turno no son síntoma de nada. Lo importante no es el exterior, sino lo que hay dentro, y con eso me refiero a la gente y a la música. Que van tan ligadas que no se sabe si es primero el huevo o la gallina.
Fiasco. No nos va nada el sitio. Salimos y andamos dos portales en la misma calle. Otro bar de esos con mesas y música razonable. Se está a gusto. Volvemos al primero por cuestiones imprecisas. Y acabamos de nuevo sentados en el anterior. Conclusión, no importa el plan que tengas, siempre hay una vía de escape hacia otro que te guste más. Aunque sea dos portales más abajo. Y eran realmente dos: 52 y 54.
Una de las cosas que tiene la noche es que, con buena compañía, el tiempo se pasa volando. Taxi, llamada que no vamos, no sé como hemos aparecido aquí, os esperamos. Y llega el momento culminante, el que me hizo darme cuenta de verdad de que he caido irremediablemente en las costumbres de la noche madrileña.
Hora inconfesable. Los tres parados en la cola de un local. Un viento nocturno (o prematuramente mañanero). Hacemos cálculos y la última vez que comimos fue hace ¡cinco horas!. Me bastó confesar mi hambre para que mis dos acompañantes se
ofrecieran a invitarme a un arroz de los chinos. De ese (eso) que dije que no comería, de esa vez que dije que yo no era de esas. Pero, aunque me duela, invité yo a un manjar. A esa hora, con ese frío, en la cola para entrar,... un arroz comido de pie, con tenedores de plástico y (detalle esencial) con una cerveza en la mano, cualquier cosa es un manjar.
Recuerdo el momento y me veo a mi misma. Y me hace gracia. ¿Qué fue de mi esa noche? Me llevaron por el mal camino. Pero, siempre digo, el mal camino es el más divertido. Y yo me divertí, me rei, sucumbí a tentaciones, comí arroz, conocí gente, aprendí calles, aparecí en una plaza no sabemos cómo, pasé frío esperando al búho y volví a mi casa. No hay nada como sucumbir a costumbres como éstas.
P.D. Y que bonita está Cibeles de noche



JuLieTa Poulan dijo
Madrid es genial, me encanta mi ciudad es tan especial.
me alegro que te llevran por el mal camino jajaj y que te llevaras un buen recuerdo de la noche madrileña.
un besiño.
19 Marzo 2007 | 12:52 PM