Hace poco comenté con alguien que es una de las compras de las que me siento más a gusto de las últimas que he hecho. Una de esas veces que pienso que el dinero no puede estar mejor invertido.

El primero fue un regalo de los que no te esperas. Esas fechas señaladas que son importantes, pero no tanto como para que merezcas un regalo. Recuerdo que fue en el verano de hace casi cuatro años. Me acuerdo también que no me lo acababa de creer; no me imaginaba que tendría un artículo de culto entre mis manos. ¡Cómo brillaba! ¡Verde!... Ahora está algo más usado, pero según creo sigue en perfecto estado de uso; en manos de alguien que me hace mucha ilusión que lo tenga.

El de ahora también reluce. Oscuro y brillante. Éste me lo regalé yo misma porque me apetecía. Porque lo quería. Y sí, reconozco los tres dígitos de su precio dejaron temblando mi cuenta corriente. Pero es verlo, tenerlo en la mano, y saber que amortizaré cada euro que me gasté. Lo llevo a todas partes, literalmente.

Me gusta. No puedo evitarlo. Y ya no es solo que me guste, sino que me encanta. Me cuesta imaginarme caminando al trabajo sin él. Andando por la calle sin llevarlo encima. Escuchando silencio. Mirando por la ventana del tren sin tenerlo cerca. Decidiendo si me animo. Evitando que me duerma (casi siempre) en el buho de camino a casa. Ayundándome a sobrellevar el aburrimiento en los viajes. Disfrutando de su pequeña pantalla...

Se han vendido tantos que ya no puede considerarse un artículo de lujo. Tiene muchos competidores. Imitan su diseño, prestaciones y calidad. La competencia lo acosa con sus precios... Pero, sin embargo, mantiene intacta su imagen, lo que era y es sigue igual. Hay pocas cosas tan características como ver a alguien con unos auriculares blancos.

Y a mí me encanta. Disfruto con él. Lo considero una de las mejores compras que he hecho últimamente. Me gusta todo de él. Por dentro, por fuera, por lo que dice, por lo que conlleva,...

Sí, soy machera, no puedo evitarlo.