Qué tristes son las cajas de cartón. Y más si sabes que son de mudanza. Ese tono pálido, ese marrón deslavado, esa fragilidad escondida. Esa sensación de vacío hueco que tienes que llenar.

Mañana empacamos. Recogemos. Nunca estoy preparada para irme. Me cuesta ordenar mi mente y pensar en ello. Sufro haciendo maletas lo mismo que llenando cajas.

Me siento como si metiera recuerdos en cajas que se pierden, como si llenara maletas que se extravían en los aeropuertos. Porque nunca nada vuelve a ser lo mismo. No podemos llevarnos lo que sentimos y lo que hemos vivido. No podemos encajar tantas cosas en un espacio tan frío y tan pequeño. Eso no cabe en cajas tristes de cartón. Lo llevamos con nosotros un tiempo y luego lo perdemos. Se nos acaba cayendo como las monedas en un bosillo agujereado.

Y tengo que ponerme a motar cajas. Llenarlas de todo lo que vacíe. Esas cajas tristes y pálidas que llevan pequeñas cosas que hacen de mi rutina un día a día; que convierten el espacio en mi espacio y hacen todo más mío, mas habitable, más cercano,... Que luego es impersonal, y está listo para que otra persona lo haga suyo.

Esas cuatro esquinas perfectas pegadas con cinta adhesiva. Y cerrarlas para que se trasformen en cofres de tus tesoros cuando las llenes. Porque, por muchas veces que sea 'Frágil', nunca tendrá nadie el suficiente cuidado.