Yo soy de los que se van...
Las baldosas mojadas y el cielo gris son el vestigio de una noche lluviosa. El aire húmedo sopla convertido en brisa. La gente anda deprisa. Nos imagino vistos desde arriba, pequeños y expectantes cargados con bultos de colores. Algunos fuman impacientes. Otros miran el reloj. Y yo no me muevo, quiero quedarme así hasta que se abran las puertas.
Cargo con el peso de mi partida y mis recuerdos. Intentaré acordarme dónde la dejé cuando llegue. Como sin quererlo, todos nos movemos despacio. quiero prolongar el momento. Me rodean brazos y a mi mejilla se acercan besos. Se me humedecen los ojos.
Un 'buen viaje, señorita' precede a mi inminente marcha. El cristal me devuelve un reflejo tan gris como el cielo encapotado. Siempre he creído que es más la tristeza de los que se quedan que de los que se van.Y miro por la ventana, busco las caras que me dicen adiós, más triste con los ojos que con los gestos. Dos se quedan, dos se van...
Lo que dejamos atrás. Lo que nos llevamos. Lo que se queda. Ya no quiero mirar por la ventana; como en una película el cristal me deja ver calles, paisajes, edificios, personas que conozco y que quiero pero que no puedo tocar. Es un instante antes de que todo eso desaparezca, cuando pienso en lo que lo echaré de menos.
Escrito un día D a una hora H en cualquier kilómetro de camino a una vida y dejando otra detrás.
