Llevo toda la tarde recogiendo tesoros. Pequeñas piezas de valor subejetivo, joyas esculpidas en objetos cotidianos. Y es que empacar tiene un punto de melancolía, como decir adiós desde un tren ondeando un pañuelo.

Y ahora, que miro la pila de cajas, me entristezco. Y me voy. Nos vamos. Tengo dudas de si la que salga por la puerta seré yo o será el número que me han asignado para que no se pierdan mis cajas.

No tengo claro todavía si miraré atrás cuando salga por la puerta. Pero hay una cosa de la que estoy completamente segura: echaré de menos todo esto. Las increíbles vistas de mi ventana, el colorido de mi mesa, la intimidad, la gente, los recuerdos,... En definitva, todo lo que ha pasado dentro de las cuatro paredes en las que he reído, llorado, disfrutado, trabajado, aprendido y compartido durante todos estos meses.

Miro a mi alrededor y veo todo desnudo, desprovisto de cualquier elemento reconocible para mí, insulso y decadente. Tengo las manos sucias, arañazos de amontonar las cajas, las uñas con pegotes de cinta de embalar y, a causa del polvo, un extraño picor en la nariz que me da ganas de estornudar. Y por dentro me siento como si una parte de mí fuera dentro de esas cajas y tuviera que encontrar luego un nuevo mugar donde colocarla.

Es curioso pensar que, mientras yo me ensucio, más blancas en inmaculadas quedan las paredes; que, mientras yo me vacío por dentro, más llenas están las cajas; y que, a pesar de tenerlo todo empacado, hay algo de mí que se queda. Y eso sí que no sé cómo llevármelo.